Evitación de daño; evitación de dolor

Todo ser vivo dedica gran parte de su actividad a detectar y evitar el daño, la destrucción de sus tejidos.

Evitamos lo que nos perjudica o creemos que es así y buscamos lo que necesitamos, también en función de nuestras creencias.

Buscamos agua, alimento y cobijo para evitar daños. El objetivo no es evitar sentir hambre, sed o desprotección sino los estados de amenaza que dan lugar a esos sentimientos.

Lo mismo sucede con el dolor. No se trata de evitarlo sino de eliminar los estados del organismo que lo generan, con o sin fundamento.

Si el hambre y la sed aparecen en el contexto de no haber probado bocado ni trago en unos días no nos centramos en la búsqueda de una terapia de los sentimientos de sed y hambre sino en hacernos con comida y bebida.

Si el hambre y la sed se proyectan en la conciencia injustificadamente, sin un contexto de carencia, el objetivo sería el de desoir el requerimiento de un organismo bien nutrido e hidratado y desviar y concentrar la atención en otras tareas.

Para calmar el hambre y sed injustificada disponemos de alimentos y bebidas. Los conseguimos sin esfuerzo en nuestro hábitat privilegiado actual.

No vamos al médico a descartar una desnutrición o deshidratación oculta ni a por un calmante. Abrimos el frigorífico y nos damos un bocado y un trago.

– Llevo un tiempo sintiendo hambre. ¿No tendré algo?

– Es todo normal. Tiene que comer menos y hacer ejercicio.

Cuando sentimos dolor podemos plantearnos al principio dudas sobre su origen, si este surge por alguna situación de amenaza física, un daño que lo explica y justifica.

– Siento dolor. ¿No tendré algo ?

– No tiene usted nada. Es todo normal. Tome estos calmantes…

La estructura del dolor sin daño es la misma que la del hambre y sed sin desnutrición-deshidratación.

Sin embargo los profesionales han instruido a la ciudadanía en la convicción de que el dolor que surge de modo injustificado debe calmarse precozmente con calmantes.

– Deme algo para el dolor.

– No tiene usted nada, ningún daño. Haga vida normal. No deje que el dolor le marque la hoja de ruta.

No existen tipos de hambres y sedes. Existen dos posibles situaciones que las generan: 1) la necesidad y 2) la apetencia por comer y beber innecesariamente.

Los profesionales han descrito innumerables tipos de dolor, cada uno con una propuesta de origen y remedio específico.

Sólo hay un dolor pero existen dos estados que pueden generarlo: un daño actual o un estado imaginado de amenaza.

Si hay daño debe identificarse y corregirse. Si no lo hay debe desactivarse la maraña de creencias y expectativas falsas que lo generan.

– Tiene que comer menos. No beba tanta agua

Para aplacar el dolor no disponemos del equivalente del agua y la comida para la sed y el hambre. Suspendemos la actividad y le damos al organismo el placebo que nos solicita.

Comprensible pero erróneo. Esa es la teoría. Cumplirla es otra cuestión.

– No se quede en el cuarto oscuro. Muévase. Haga lo que siempre ha deseado hacer. Vuelva a la normalidad perdida.

– Lo intento pero no es fácil.

– Lo sé pero al menos tengo que darle el consejo. Los otros consejos no le han funcionado. No es cuestión de terapias sino de hacer lo que, teóricamente, debe hacerse. En su caso, llevar una vida normal sin amuletos ni rituales.

El dolor es el correlato consciente del miedo del organismo al daño. Si hay daño, el miedo se justifica. Si no lo hay, ocuparse de evitar el dolor con terapias es alimentar el despropósito.

Lo sé. Son teorías.

Arturo Goikoechea

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