Los calmantes son tóxicos y (potencialmente) adictivos

Reproducimos a continuación un artículo recién publicado por Arturo Goicoechea(*)  en su blog “know pain, no pain”

En dicho portal podemos encontrar variedad de artículos sobre el tema del dolor.

48973_1066280255_3572_n

En el blog he dejado escrito en varias ocasiones que los fármacos utilizados para paliar el dolor son tóxico-adictivos. En la reunión del finde en Madrid se me sugirió que suavizara la afirmación pues podría resultar contraproducente para muchos padecientes.

Acepto la corrección pero me reafirmo en lo que digo, añadiendo “potencialmente”: los fármacos utilizados contra el dolor son tóxicos y potencialmente adictivos.

No hay ningún fármaco real absolutamente inofensivo. Todos contienen una toxicidad que obliga a los sistemas detoxificadores y reparadores del organismo a neutralizar sus efectos nocivos. No sucede nada habitualmente si la dosis es razonable pero si el consumo rebasa los límites de la prudencia, tenemos un problema serio de salud.

Todas las acciones terapéuticas pueden ser adictivas, independientemente de lo que sean. El sistema motivacional gestiona la adicción para presionar al individuo a ejecutar una acción evaluada como conveniente. La botellita de agua es adictiva. El trabajo y la holgazanería son adictivos.

El problema no reside en la adicción sino en la racionalidad de lo que el cerebro exige y la penalización que impone si no ejecutamos lo solicitado.

Cuando ronronea la crisis de migraña, el padeciente comienza a deshojar la margarita: ¿”me tomo o no me tomo el calmante”? ¿”voy a la cena o me quedo en la cama con la luz apagada”?

Hay padecientes que eligen la cena y rechazan el calmante. El resultado es variable. Si el dolor se intensifica y desborda los límites se impone la toma del calmante.

– Intenté no tomar nada, seguir con mi vida pero, al final, tuve que tomar el calmante

En los grupos siempre corrijo el verbo:

– Decidiste tomar el calmante

Realmente es una decisión comprensible pero no deja de ser una decisión. Hay padecientes que en la misma situación deciden no tomar nada aun cuando eso les lleve a la peor crisis imaginable.

El apremio es una función de intensidad que el cerebro aplica para conseguir la conducta solicitada. El dolorcillo irá a más hasta que se ejecute la acción solicitada de tomar el calmante.

Si el calmante aplaca el dolor no es porque disuelva una supuesta química doliente sino porque el padeciente cumple con lo exigido.

– ¿Efecto placebo? Yo creo que los calmantes tienen un efecto real.

Hay química dentro y fuera del organismo. En el dolor  con apremio la química interna está al servicio de la exigencia de tomar el calmante. La acción de consumar la entrada de la química externa modifica  el estado químico interno, es decir, el resultante de la evaluación de amenaza que subyace siempre en todo dolor. No es un efecto químico directo sino indirecto. El calmante calma el temor irracional (aprendido) del cerebro.

El cerebro evalúa amenaza; aparece el dolor; el cerebro exige el ritual del fármaco; el dolor se intensifica; el padeciente se niega a tomar el calmante. Lo que suceda con el dolor indicará el resultado del tira y afloja entre lo cerebral inconsciente y la voluntad angustiada del padeciente.

En cualquier caso no hay que hacer una cuestión de honor ni ser fundamentalista. Una cosa es el marco teórico y otra la aplicación de ese marco en las condiciones inhumanas del dolor desaforado y desesperante.

Cualquier decisión en el contexto de la tortura es comprensible. Resistir o dejarlo para el próximo intento. Todo puede valer.

Lo que pueda hacer la química del ibuprofeno o la de un triptán lo puede hacer con creces la química de las decisiones cerebrales. Las condiciones del cerebro pueden ser absurdas.

– Si no le pones un hielito al helado no lo saco del horno y lo meto al congelador…

Esos son los poderes del cerebro (la gestión del horno y el congelador) y los del fármaco (el hielito, en el mejor de los casos).

El conflicto cerebro-individuo se libra a corto, medio y largo plazo, con altibajos. No hay que poner, necesariamente, toda la carne en el asador en cada envite.

Hay padecientes que tienen escasas crisis y las resuelven bien con una acción calmante (sea un fármaco o un sorbo de agua). No creo que se rompan la cabeza ni duden en la elección. Tampoco tiene sentido plantear el tema de la toxicidad y la adicción.

Desgraciadamente hay padecientes con muchas crisis, que no encuentran alivio si no ejecutan el ritual terapéutico. No querrían tener que recurrir al calmante pero no consiguen evitarlo. Tienen que decidir doblegarse.

No tengo consejos ni mensajes que ayuden. Quizás existen herramientas psicológicas (cognitivas y conductuales) que pueden ayudar a romper el círculo viciado de las exigencias cerebrales. Bienvenidas sean. Lo que está claro es que la química interna, las creencias y expectativas, el miedo (terror), trata de imponer su ley.

Si decide tomar el calmante tómelo pero no se torture con la decisión. Hay que estar en su pellejo para juzgar pero siempre estaremos ante una decisión…

-Tuve que tomar

– Comprendo que tomaras esa decisión…

*Arturo Goicoechea.

Nacido en Mondragón, Guipúzcoa, en el año 1946.Jefe de Sección de Neurología del Hospital Santiago de Vitoria (Alava)

Libros publicados por el autor

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s